La cuestión estética

Hay muchos elementos que intervienen en la reciente sofisticación de las ficciones televisivas y han sido muchos los cambios que se han producido y que han creado una significativa distancia entre las primeras series emitidas en la pequeña pantalla y las actuales. Todas esas transformaciones se han dado en varios y muy diferentes niveles, pero hoy queremos centrarnos en un asunto especialmente atractivo y valorado por el espectador: la atención a la cuestión estética.

Las primeras ficciones creadas para televisión, mayoritariamente soap operas, se caracterizaban por un predominio total de la palabra, quedando relegado a un segundo plano, como consecuencia -aunque no necesariamente lógica-, el aspecto visual. No es de extrañar que esto ocurriera si pensamos que las soap operas heredaban muchos de sus trazos del medio radiofónico donde, durante años, habían disfrutado de un enorme éxito. La palabra era considerada, por tanto, garante de triunfo sobre todo lo demás y se imponía sobre el resto de los elementos dando lugar, de forma inevitable, a constantes redundancias.

HSBNo obstante, con la llegada de obras como Hill Street Blues y Twin Peaks a finales de los ochenta y principios de los noventa, comenzó a concederse a la imagen la importancia que se merecía y aspectos como la dirección artística, la fotografía, el maquillaje o el vestuario ocuparon su lugar natural, el que les correspondía en un medio eminentemente visual. La estética sucia, descuidada y fría de la comisaría de Hill Street y el barrio en el que se ubicaba subrayaba la decadencia a la que los personajes debían enfrentarse a diario y aportaba realismo a las historias que protagonizaban. Por su lado, los escenarios en los que transcurrían las tramas de Twin Peaks formaban parte misma de la esencia de la serie, acentuando su tono irónico, subrayando el surrealismo del relato y sus protagonistas e instalándose, de manera definitiva, en el imaginario colectivo.TPE

La importancia de la estética emana no sólo de su capacidad para atraer al espectador mediante la imagen, sino también de su habilidad para caracterizar y dar profundidad a los personajes, para remitirnos a un tiempo y un espacio concretos, para asentar el tono del conjunto de una obra, para acentuar el subtexto, para ayudar a contar historias y, en definitiva, para transmitir todo lo que no se dice o no se quiere decir con palabras. winterfellPensemos, por ejemplo, en Game of Thrones, cuya fotografía, tremendamente pictórica, nos ubica de forma inmediata en los diferentes escenarios de Westeros, transmitiéndonos también el carácter de sus habitantes y su modo de vida. Por su lado, Breaking Bad ha conseguido crear un complejo código visual que se ha convertido en todo un referente y que logra el reconocimiento instantáneo de la obra mediante un simple vistazo; no tenemos más que mencionar el sombrero negro y las gafas de sol para que, a través del proceso de identificación creado por la serie, se nos venga a la mente el alter ego de Walter White. Algunos de los elementos que conectan Fargo, la serie, con Fargo, la película, son precisamente su fotografía, los escenarios donde transcurren las tramas o el vestuario de sus protagonistas, que enfatiza la sencillez de unas gentes, de entrada, ordinarias que habitan lugares donde, en principio, nunca ocurre nada extraordinario.

Pero si hay una serie que en estos momentos destaca por su estética esa es, sin asomo de duda, Hannibal. Y es que la ficción de Bryan Fuller, basada en las novelas HANNIBALde Thomas Harris, logra embellecer la repugnancia con una distinción que jamás podríamos presuponerles a las situaciones que retrata. Y es que esa es, al fin y al cabo, la filosofía de vida del famoso psicópata: convertir el horror en arte. No es de extrañar entonces que las escenas de sus crímenes y cada uno de los platos que prepara estén dispuestos como si fueran cuadros, con la elegancia que caracteriza su propia vestimenta o la decoración de su hogar o su despacho. El destacable componente onírico de sus capítulos, sobre todo en referencia al personaje de Will Graham, que vive en un perpetuo dhannibal2esequilibrio entre la realidad y las ensoñaciones de su mente privilegiada, tiene una importante carga metafórica y encuentra en la imagen a su principal aliada, convirtiendo a la ficción de Fuller en una de las obras más visualmente cuidadas de los últimos años. Series como Hannibal son, así, la prueba más palpable de que la cuestión estética nunca había recibido tanta atención como hasta ahora.

Es obvio que la palabra no ha de ser, en ningún caso, desatendida como tampoco puede serlo la imagen, y en la virtud de lograr un equilibrio perfecto entre ambos elementos reside la grandeza de las ficciones televisivas contemporáneas, porque los diálogos nos cuentan muchas cosas pero a través de lo que vemos (e interpretamos) conocemos todo lo que palabras no expresan.

 

 

 

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